Friedrich Engels

Publicat per primer cop als números 5 i 6 de la Neue Rheinische Zeitung, dirigida per Karl Marx, a Hamburg, l’any 1850. Font: Marxist Internet Archive

Índice

Prefacio a la segunda edición de 1870

Adición al prefacio a la edición de 1870 para la tercera edición de 1875

I. La situación económica y la estructura social de alemania

II. Los grandes grupos de la oposición y sus ideologías. Lutero y Münzer

III. Los movimientos precursores de la gran guerra campesina entre 1476 y 1517

IV. La sublevación de la nobleza

V. La guerra de los campesinos en Suabia y Franconia

VI. La guerra de los campesinos en Turingia, Alcasia y Austria

VII. Las consecuencias de la guerra de los campesinos

Prefacio a la segunda edición de 1870

La presente obra fue escrita en Londres, en el verano de 1850, bajo la impresión directa de la contrarrevolución que acababa de consumarse; apareció en los números 5 y 6 de la “Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue” [1] dirigida por Carlos Marx, Hamburgo, 1850. Mis amigos políticos de Alemania me piden su reedición, y atiendo a su deseo ya que, con gran sentimiento mío, la obra no ha perdido aún actualidad.

La obra no pretende dar un material nuevo, fruto de mis propias investigaciones. Por el contrario, todo el material que se refiere a las insurrecciones campesinas y a Tomás Münzer ha sido tomado de Zimmermann [2]. A pesar de sus lagunas, el libro de este autor constituye la mejor recopilación de datos aparecida hasta la fecha. Además, el viejo Zimmermann trata la materia con mucha cariño. El mismo instinto revolucionario que le obliga a lo largo de todo el libro a erigirse en campeón de las clases oprimidas, le convierte más tarde en uno de los mejores representantes de la extrema izquierda [3] en Francfort.

Y a pesar de que a la exposición que nos ofrece Zimmermann le falta cohesión interna; de que no logra presentarnos las cuestiones religiosas y políticas que se debatían en aquella época como un reflejo de la lucha de clases del momento; de que no ve en esa lucha de clases más que opresores y oprimidos, malos y buenos, con el triunfo final de los malos; de que su comprensión de las relaciones sociales que determinan el origen y el desenlace de la lucha es muy incompleta, todo esto no son más que defectos propios de la época en que apareció el libro. Por el contrario, en medio de las obras históricas idealistas alemanas de aquellos tiempos, el libro constituye una excepción digna de elogio y está escrito de un modo muy realista.

En mi exposición, en la que me limito a describir a grandes rasgos el curso histórico de la lucha, trato de explicar el origen de la guerra campesina, la posición ocupada por los diferentes partidos que intervenían en ella, las teorías políticas y religiosas con que estos partidos procuraban explicarse ellos mismos su posición y, por último, el propio desenlace de la lucha como una consecuencia necesaria de las condiciones históricas de la vida social de estas clases en aquella época. En otros términos, trato de demostrar que el régimen político de Alemania de aquellos tiempos, las sublevaciones contra este régimen y las teorías políticas y religiosas de la época no eran la causa, sino la consecuencia del grado de desarrollo en que se encontraban entonces en Alemania la agricultura, la industria, las vías de comunicación terrestres, fluviales y marítimas, el comercio y la circulación del dinero. Esta concepción de la Historia –la única concepción materialista– no ha sido creada por mí, sino que pertenece a Marx y forma asimismo la base de sus trabajos sobre la revolución francesa de 1848-1849 [*], publicados en la misma revista, y de “El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte” [**].

El paralelo entre la revolución alemana de 1525 y la revolución de 1848-1849 saltaba demasiado a la vista para que yo pudiese renunciar por completo a él. Sin embargo, al lado de la semejanza en el curso general de los acontecimientos, cuando tanto en un caso como en otro el mismo ejército de un príncipe iba aplastando una tras otra las diversas insurrecciones locales, y a pesar de la semejanza, muchas veces cómica, que presenta la conducta observada en ambos casos por los vecinos de la ciudad, las diferencias entre ambas revoluciones son claras y patentes:

«¿Quién se aprovechó de la revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién se aprovechó de la revolución de 1848? Los grandes soberanos, Austria y Prusia. Detrás de los pequeños príncipes de 1525 estaban los pequeños vecinos de la ciudad, a quienes aquéllos estaban atados por los impuestos; detrás de los grandes soberanos de 1850, detrás de Austria y Prusia está, sometiéndolas rápidamente  por medio de la deuda pública, la gran burguesía moderna. Y detrás de la gran burguesía está el proletariado» [***].

Por desgracia, debo decir que con esta afirmación hice demasiado honor a la burguesía alemana, la cual tanto en Austria como en Prusia había tenido la ocasión de «someter rápidamente» la monarquía «a través de la deuda pública» pero que nunca ni en ninguna parte aprovechó esta oportunidad.

A raíz de la guerra de 1866 [4], Austria cayó como un regalo en manos de la burguesía. Pero ésta no sabe dominar, es impotente e incapaz de hacer nada. Lo único que sabe hacer es vomitar furia contra los obreros en cuanto éstos se ponen en movimiento. Y si sigue empuñando el timón del poder, es únicamente porque los húngaros la necesitan.

¿Y en Prusia? Cierto es que la deuda pública ha subido vertiginosamente, que el déficit es un fenómeno crónico, que los gastos del Estado crecen de año en año, que la burguesía tiene la mayoría en la dieta, que sin su consentimiento no se pueden elevar los impuestos ni contratar empréstitos, pero, ¿dónde está, a pesar de todo, su poder sobre el Estado? Apenas hace unos cuantos meses, cuando el Estado se hallaba otra vez en déficit, la posición de la burguesía era de lo más ventajosa. De haber mostrado tan sólo un poco de firmeza hubiese podido lograr grandes concesiones. Pero, ¿qué hizo? Consideró como una concesión suficiente el que el Gobierno le permitiese poner a sus pies cerca de nueve millones, y no por un solo año, sino como aportación anual para todos los años futuros.

No quiero fustigar a los pobres «nacional-liberales» [5] de la dieta más de lo que se merecen. Yo sé que han sido abandonados por los que están detrás de ellos, por la masa de la burguesía Esta masa no quiere gobernar. Los recuerdos de 1848 están demasiado frescos en su memoria.

Más adelante diremos por qué la burguesía alemana manifiesta tanta cobardía.

En otros aspectos, la afirmación que hemos hecho más arriba se ha confirmado plenamente. Como vemos, a partir de 1850, los pequeños Estados van pasando más y más decididamente a segundo plano, y ya no sirven más que de palancas para las intrigas prusianas y austriacas. La lucha entre Austria y Prusia por la hegemonía es cada vez más encarnizada, y, finalmente, en 1866, llega la solución violenta, por la que Austria conserva sus propias provincias. Prusia sojuzga directa o indirectamente todo el Norte, mientras que los tres Estados Suroccidentales [****] quedan por el momento de puertas afuera.

En toda esta representación pública, lo único que tiene importancia para la clase obrera alemana es lo siguiente:

En primer lugar, que, gracias al sufragio universal, los obreros obtuvieron la posibilidad de estar directamente representados en la Asamblea Legislativa.

En segundo lugar, que Prusia dio un buen ejemplo al tragarse otras tres coronas [*****] por la gracia de Dios. Ni siquiera los nacional-liberales creen ahora que después de esta operación Prusia conserva aún aquella inmaculada corona por la gracia de Dios que se atribuía antes.

En tercer lugar, que en Alemania no existe más que un adversario serio de la revolución: el Gobierno prusiano.

Y en cuarto lugar, que los germano-austriacos deben plantearse y decidir de una vez para siempre qué es lo que quieren ser: alemanes o austriacos; qué es lo que prefieren: Alemania o sus apéndices extra-alemanes transleitanos. Era evidente desde hacía tiempo que debían renunciar a una o a los otros, pero este hecho siempre había sido velado por la democracia pequeñoburguesa.

Por lo que respecta a las demás cuestiones importantes en litigio y relacionadas con 1866, cuestiones discutidas desde entonces hasta la saciedad entre los «nacional-liberales» y el «Partido Popular» [6], la historia de los años siguientes demostró palmariamente que estos puntos de vista habían combatido entre sí con tanta violencia únicamente por representar los dos polos opuestos de una misma mediocridad.

El año 1866 no modificó casi nada las condiciones sociales de Alemania. Las escasas reformas burguesas –el sistema único de pesas y medidas, la libertad de residencia, la libertad de industria, etc.–, todas ellas limitadas a los marcos señalados por la burocracia, no llegan aún a lo alcanzado desde hace tiempo por la burguesía de los otros países de la Europa Occidental y dejan en pie el mal principal: el sistema burocrático de concesiones [7]. Por lo demás, para el proletariado la práctica policíaca al uso hizo completamente ilusorias todas esas leyes sobre la libertad de residencia, el derecho de ciudadanía, la supresión de los pasaportes, etc.

Mucha mayor importancia que toda esta representación pública de 1866 fue la que tuvo el desarrollo que, a partir de 1848, adquieren en Alemania la industria, el comercio, los ferrocarriles, el telégrafo y la navegación transoceánica. Por mucho que estos éxitos quedasen a la zaga de los logrados durante ese mismo tiempo por Inglaterra e incluso por Francia, no tenían, sin embargo, precedentes en la historia de Alemania, y dieron a este país en veinte años mucho más de lo que antes le había dado un siglo entero. Ahora es cuando Alemania se incorpora resuelta y decididamente al comercio mundial. Multiplícanse rápidamente los capitales de los industriales y sube en consonancia la posición social de la burguesía. El síntoma más seguro de la prosperidad industrial, la especulación, florece esplendorosamente y encadena a condes y duques a su carro triunfal. Ahora, el capital alemán –¡que la tierra le sea leve!– está construyendo ferrocarriles en Rusia y en Rumania, mientras que hace tan sólo quince años los ferrocarriles alemanes tenían que implorar la ayuda de los empresarios ingleses. ¿Cómo ha podido ocurrir, pues, que la burguesía no haya conquistado también el poder político, que su conducta frente al Gobierno sea tan posilánime?

La desgracia de la burguesía alemana consiste en que, siguiendo la costumbre favorita alemana, llega demasiado tarde. Su florecimiento ha coincidido con el período en que la burguesía de los otros países de la Europa Occidental se halla políticamente en declive. En Inglaterra, la burguesía no ha podido llevar a su verdadero representante Bright al Gobierno más que ampliando el derecho electoral, medida que por sus consecuencias debe poner fin a toda la dominación burguesa. En Francia, donde la burguesía como tal, como clase, no pudo dominar más que dos años bajo la república, 1849 y 1850, sólo logró prolongar su existencia social cediendo su dominación política a Luis Bonaparte y al ejército. Dado el extraordinario desarrollo alcanzado por las influencias recíprocas de los tres países más avanzados de Europa, es ya completamente imposible que la burguesía pueda implantar cómodamente la dominación política en Alemania cuando en Inglaterra y en Francia esa dominación ya ha caducado.

La particularidad que distingue a la burguesía de todas las demás clases dominantes que la han precedido consiste precisamente en que en su desarrollo existe un punto de viraje, tras el cual todo aumento de sus medios de poder, y por tanto de sus capitales en primer término, tan sólo contribuye a hacerla cada vez más incapaz para la dominación política. «Tras la gran burguesía está el proletariado». En la medida en que la burguesía desarrolla su industria, su comercio y sus medios de comunicación, en la misma medida engendra al proletariado. Y al llegar a un determinado momento, que no es el mismo en todas partes ni tampoco es obligatorio para una determinada fase de desarrollo, la burguesía comienza a darse cuenta de que su inseparable acompañante, el proletariado, empieza a sobrepasarla. Desde ese momento pierde la capacidad de ejercer la dominación política exclusiva, y busca en torno suyo aliados, con quienes comparte su dominación, o a quienes, según las circunstancias, se la cede por completo.

En Alemania, ese punto de viraje ya había llegado para la burguesía en 1848. Aunque bien es cierto que en aquel entonces la burguesía alemana no se asustó tanto del proletariado alemán como del proletariado francés. Los combates de junio de 1848 [8] en París le enseñaron qué era lo que la esperaba. La agitación del proletariado alemán era suficiente para demostrarle que en Alemania habían sido arrojadas las semillas capaces de dar la misma cosecha. Y a partir de ese momento quedó embotado el filo de la acción política de la burguesía alemana. Esta empezó a buscar aliados y a venderse por cualquier precio; y de entonces acá no ha avanzado un solo paso.

Todos esos aliados son reaccionarios por su naturaleza: el poder real, con su ejército y su burocracia; la gran nobleza feudal; los junkers provincianos de medio pelo y, finalmente, los curas. Con todos ellos pactó y concertó acuerdos la burguesía con tal de salvar su preciado pellejo, hasta que, por último, no le quedó ya nada con qué traficar. Y cuanto más se desarrollaba el proletariado, cuanta más conciencia adquiría de su condición de clase y cuanto más actuaba en calidad de tal, más cobarde se hacía la burguesía. Cuando la estrategia asombrosamente mala de los prusianos venció en Sadowa [9] a la estrategia asombrosamente aún peor de los austriacos, difícilmente podría decirse quién lanzó un suspiro de alivio más grande: el burgués prusiano, que también había sido derrotado en Sadowa, o el burgués austriaco.

Nuestros grandes burgueses obran en 1870 exactamente igual como obraron en 1525 los villanos medios. En lo que atañe a los pequeños burgueses, a los artesanos y a los tenderos, éstos siguen siendo siempre los mismos. Esperan poder trepar a las filas de la gran burguesía y temen ser precipitados a las del proletariado. Fluctuando entre la esperanza y el temor, tratarán de salvar su precioso pellejo durante la lucha, y después de la victoria se adherirán al vencedor. Tal es su naturaleza.

El desarrollo de la actividad social y política del proletariado ha marchado a la par con el auge industrial que siguió a 1848. El papel desempeñado hoy día por los obreros alemanes en sus sindicatos, cooperativas, organizaciones y asambleas políticas, en las elecciones y en el llamado Reichstag, demuestra perfectamente por sí sola cuál ha sido la transformación experimentada de un modo imperceptible por Alemania en estos últimos veinte años. Es un gran mérito de los obreros alemanes el haber sido los únicos que han logrado enviar obreros y representantes de los obreros al parlamento, cosa que ni los franceses ni los ingleses han logrado hasta ahora.

Pero tampoco el proletariado ha salido aún de ese estado que permite establecer un paralelo con 1525. La clase que depende exclusivamente del salario toda su vida se halla aún lejos de constituir la mayoría del pueblo alemán. Por eso, también tiene que buscarse aliados. Y sólo los puede buscar entre los pequeños burgueses, el lumpemproletariado de las ciudades, los pequeños campesinos y los obreros agrícolas.

Ya hemos hablado de los pequeños burgueses. Son muy poco de fiar, excepto cuando ya ha sido lograda la victoria. Entonces arman un alboroto infernal en las tabernas. A pesar de esto, entre ellos se encuentran excelentes elementos que se unen espontáneamente a los obreros.

El lumpemproletariado, esa escoria integrada por los elementos desmoralizados de todas las capas sociales y concentrada principalmente en las grandes ciudades, es el peor de los aliados posibles. Ese desecho es absolutamente venal y de lo más molesto. Cuando los obreros franceses escribían en los muros de las casas durante cada una de las revoluciones: «Mort aux voleurs!» ¡Muerte a los ladrones!, y en efecto fusilaban a más de uno, no lo hacían en un arrebato de entusiasmo por la propiedad, sino plenamente conscientes de que ante todo era preciso desembarazarse de esta banda. Todo líder obrero que utiliza a elementos del lumpemproletariado para su guardia personal y que se apoya en ellos, demuestra con este solo hecho que es un traidor al movimiento.

Los pequeños campesinos –pues los grandes pertenecen a la burguesía– son de composición heterogénea.

O bien son campesinos feudales, obligados todavía a realizar determinadas prestaciones para sus señores. Después que la burguesía dejó pasar la oportunidad de liberarles de la servidumbre, como era su deber, no costará trabajo convencerles de que sólo pueden esperar la liberación de manos de la clase obrera.

O bien son arrendatarios. En este caso tenemos por lo común las mismas relaciones que en Irlanda. El arriendo es tan elevado que, cuando la cosecha es mediana, el campesino y su familia apenas pueden mantenerse, y cuando la cosecha es mala casi se mueren de hambre, no pueden pagar el arriendo y quedan, por consiguiente, completamente a merced del terrateniente. Para esta gente, la burguesía sólo hace algo cuando se la obliga a ello. ¿De quién, si no es de los obreros, pueden esperar la salvación?

Quedan los campesinos que cultivan su propio pedazo de tierra. En la mayoría de los casos están tan cargados de hipotecas que dependen del usurero tanto como el arrendatario del terrateniente. Tampoco a ellos les queda más que un mísero salario, muy inestable por lo demás, ya que depende de los altibajos de la cosecha. Menos que nadie pueden esperar algo de la burguesía, pues son explotados precisamente por los burgueses, por los capitalistas usureros. A pesar de ello, las más de las veces están muy apegados a su propiedad, aunque, en realidad, ésta no les pertenece a ellos, sino al usurero. Sin embargo, es preciso convencerles de que sólo podrán liberarse del prestamista cuando un Gobierno dependiente del pueblo convierta todas las deudas hipotecarias en una deuda única al Estado y rebaje así el tipo del interés. Y esto sólo puede lograrlo la clase obrera.

En todas partes donde predomina la propiedad agraria mediana y grande, la clase más numerosa del campo está integrada por los obreros agrícolas. Tal es el caso en todo el Norte y en el Este de Alemania, y en este grupo es donde los obreros industriales de la ciudad encuentran su aliado más natural y más numeroso. El terrateniente o gran arrendador se opone al obrero agrícola de la misma manera que el capitalista se opone al obrero industrial. Las mismas medidas que ayudan a uno deben ayudar al otro. Los obreros industriales sólo pueden liberarse transformando los capitales de la burguesía, es decir, las materias primas, las máquinas, los instrumentos y los medios de vida necesarios para la producción en propiedad social, o sea, en propiedad suya y utilizada por ellos en común. De la misma manera, los obreros agrícolas sólo pueden liberarse de su espantosa miseria si, en primer término, la tierra –su principal objeto de trabajo– es arrancada a la propiedad privada de los grandes campesinos y de los aún más grandes señores feudales y convertida en propiedad social, cultivada colectivamente por cooperativas de obreros agrícolas. Y aquí nos llegamos a la célebre resolución del Congreso de la Internacional, celebrado en Basilea, que dice que en interés de la sociedad es preciso convertir la propiedad de la tierra en propiedad colectiva, en propiedad nacional [10]. Esta resolución se refiere principalmente a los países donde existe la gran propiedad de la tierra, con grandes explotaciones agrícolas en manos de un solo amo y atendidas por numerosos obreros asalariados. Y como en términos generales esta situación sigue predominando en Alemania, dicha resolución era particularmente oportuna para Alemania a la vez que para Inglaterra. El proletariado agrícola, los jornaleros del campo constituyen la clase que proporciona más reclutas para los ejércitos de los monarcas. Es la clase que, gracias al sufragio universal, envía hoy día al parlamento a la mayoría de los feudales y de los junkers. Pero, al mismo tiempo, es la clase que está más cerca de los obreros industriales de la ciudad, la que comparte con ellos las mismas condiciones de existencia, la que se encuentra en una situación de miseria aún mayor que la de ellos. Esta clase es impotente, pues está fraccionada y dispersa, pero el Gobierno y la nobleza conocen tan bien su fuerza latente, que con toda intención dejan desmoronarse las escuelas para mantenerla en la ignorancia. La tarea inmediata más urgente de los obreros alemanes es despertar a esta clase e incorporarla al movimiento. El día en que la masa de obreros agrícolas aprenda a tener conciencia de sus propios intereses, ese día será imposible en Alemania un gobierno reaccionario, ya sea feudal, burocrático o burgués.

11 de febrero de 1870.

Adición al prefacio a la edición de 1870 para la tercera edición de 1875

Las líneas que anteceden fueron escritas hace más de cuatro años, pero siguen conservando hoy día toda su significación. Lo que era cierto después de Sadowa [11] y de la división de Alemania, se ha confirmado después de Sedán [12] y de la fundación del Sacro Imperio germánico de la nación prusiana [13]. ¡Tan pequeños son los cambios que pueden introducir en el curso del movimiento histórico esas representaciones públicas de la llamada alta política que «conmueven al mundo»!

Lo que pueden hacer en cambio es acelerar el curso de ese movimiento. A este respecto, los causantes de esos acontecimientos que «conmueven al mundo» han logrado, a pesar suyo, unos éxitos que seguramente les resultan muy indeseables, pero que, quiéranlo o no, tienen que aceptar.

La guerra de 1866 ya había sacudido los cimientos de la vieja Prusia. Después de 1848 costó mucho trabajo reducir de nuevo a la vieja disciplina a los elementos rebeldes industriales –tanto burgueses como proletarios– de las provincias occidentales; sin embargo, se logró, y los intereses de los junkers de las provincias orientales volvieron a ser los dominantes en el Estado a la par con los intereses del ejército. En 1866 casi toda la Alemania Noroccidental era prusiana. Sin hablar ya del irreparable daño moral que la corona prusiana por la gracia de Dios había experimentado al tragarse otras tres coronas por la gracia de Dios [******], el centro de gravedad de la monarquía se había desplazado sensiblemente hacia el Occidente. Los cinco millones de renanos y de westfalianos recibieron en un principio el refuerzo de cuatro millones de alemanes anexionados directamente y, después, el de seis millones de alemanes indirectamente anexionados a través de la Confederación de la Alemania del Norte [14]. Y en 1870 se les añadieron, además, ocho millones de alemanes del Suroeste [15], de modo que en el «nuevo Imperio», a los catorce millones y medio de viejos prusianos (de las seis provincias del Este del Elba y entre los que figuran, además, dos millones de polacos) se oponen unos veinticinco millones que ya hace tiempo han dejado atrás al feudalismo viejo-prusiano de los junkers. Así pues, fueron precisamente las victorias del ejército prusiano las que desplazaron radicalmente todos los cimientos del edificio estatal prusiano; la dominación de los junkers se hizo cada vez más insoportable hasta para el propio Gobierno. Pero, al mismo tiempo, el vertiginoso desarrollo de la industria relegó a segundo plano la lucha entre los junkers y la burguesía, destacando la lucha entre la burguesía y los obreros, de suerte que las bases sociales del viejo Estado sufrieron también desde dentro una transformación radical. La premisa fundamental de la monarquía, que se iba descomponiendo lentamente desde 1840, era la lucha entre la nobleza y la burguesía, lucha en la que la monarquía mantenía el equilibrio. Pero desde el momento en que ya no se trataba de defender a la nobleza del empuje de la burguesía, sino de defender a todas las clases poseedoras frente al empuje de la clase obrera, la vieja monarquía absoluta hubo de transformarse por completo en monarquía bonapartista, la forma de Estado especialmente elaborada para ese fin. En otro logar (“Contribución al problema de la vivienda”, 2ª parte, pág. 26 y siguientes [*******]) examiné ya este paso de Prusia al bonapartismo, aunque allí pude dejar sin destacar un punto que aquí es muy esencial, a saber, que este paso fue el avance más grande hecho por Prusia desde 1848, hasta tal punto había quedado a la zaga del desarrollo moderno. Prusia seguía siendo un Estado semifeudal, mientras que el bonapartismo es en todo caso una forma moderna de Estado que presupone la eliminación del feudalismo. Prusia debe, pues, decidirse a terminar con sus numerosos vestigios del feudalismo y a sacrificar a sus junkers como tales. Todo esto se va haciendo, naturalmente, de la manera más suave y al compás de la meladía favorita: Immer langsam voran [********]. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la célebre ordenanza sobre los distritos, que suprime los privilegios de cada junker en sus tierras, pero únicamente para restablecerlos en forma de privilegios del conjunto de los grandes terratenientes en el territorio de todo el distrito. La esencia de la cuestión sigue siendo la misma; lo único que se hace es traducirla del dialecto feudal al dialecto burgués. El junker viejo prusiano es convertido a la fuerza en algo parecido al squire inglés, y no tiene por qué ofrecer mucha resistencia, pues ambos son igualmente estúpidos.

De este modo, a Prusia le ha correspondido el peculiar destino de culminar a fines de este siglo, y en la forma agradable del bonapartismo, su revolución burguesa que se inició en 1808-1813 y que dio un paso de avance en 1848. Y si todo marcha bien, si el mundo permanece quieto y tranquilo y nosotros llegamos a viejos, tal vez en 1900 veamos que el Gobierno prusiano ha acabado realmente con todas las instituciones feudales y que Prusia ha alcanzado por fin la situación en que se encontraba Francia en 1792.

La abolición del feudalismo, expresada de un modo positivo, significa el establecimiento del régimen burgués. A medida que desaparecen los privilegios de la nobleza, la legislación se va haciendo más burguesa. Y aquí llegamos a la médula de las relaciones entre la burguesía y el Gobierno. Ya hemos visto que el Gobierno tiene forzosamente que introducir estas reformas lentas y mezquinas. Pero cada una de estas míseras concesiones la presenta a los ojos de la burguesía como un sacrificio que hace por ella, como una concesión arrancada a la corona con gran esfuerzo, y a cambio de la cual los burgueses deben hacer a su vez concesiones al Gobierno. Y los burgueses aceptan el engaño, aunque saben perfectamente de qué se trata. Este es el origen del acuerdo tácito que preside en Berlín todos los debates del Reichstag y de la Cámara de Prusia: por una parte, el Gobierno, a paso de tortuga, reforma las leyes en interés de la burguesía, elimina las trabas feudales y los obstáculos creados por el particularismo de los pequeños Estados, que impiden el desarrollo de la industria; introduce la unidad de moneda, de pesas y medidas; establece la libertad de industria, etc.; implanta la libertad de residencia, poniendo así a disposición del capital y en forma ilimitada la mano de obra de Alemania; fomenta el comercio y la especulación; por otra parte, la burguesía cede al Gobierno todo el poder político efectivo, aprueba los impuestos, los empréstitos y la recluta de soldados y ayuda a formular todas las nuevas leyes de reforma de modo que el viejo poder policíaco sobre los elementos indeseables conserve toda su fuerza. La burguesía compra su paulatina emancipación social al precio de su renuncia inmediata a un poder político propio. El principal motivo que hace aceptable para la burguesía semejante acuerdo no es, naturalmente, su miedo al Gobierno, sino su miedo al proletariado.

Por lamentable que sea el papel desempeñado por nuestra burguesía en el campo político, no se puede negar que en la industria y en el comercio ya ha empezado a cumplir con su deber. El ascenso de la industria y del comercio, señalado ya en el prefacio a la segunda edición [*********], se ha desarrollado desde entonces con nuevos bríos. Lo ocurrido en este aspecto en la región industrial renano-westfaliana a partir de 1869 constituye algo realmente insólito para Alemania, y nos recuerda el florecimiento de los distritos fabriles ingleses a principios de siglo. Lo mismo ocurrirá en Sajonia y en la Alta Silesia, en Berlín, en Hannover y en las ciudades marítimas. Por fin tenemos un comercio mundial, una verdadera gran industria y una auténtica burguesía moderna; al mismo tiempo, también hemos sufrido una verdadera crisis y hemos obtenido un verdadero y poderoso proletariado.

Para los futuros historiadores, el tronar de los cañones en Spickeren, Mars-la-Tour [16] y Sedán y todo lo relacionado con esto tendrá mucha menos importancia para la historia de Alemania de los años 1869-1874 que el desarrollo sin ostentación, reposado, pero siempre progresivo del proletariado alemán. En 1870, los obreros alemanes ya tuvieron que pasar por una dura prueba: la provocación bélica bonapartista y su consecuencia lógica, el entusiasmo nacional general en Alemania. Los obreros socialistas alemanes no se dejaron despistar ni un solo momento. No manifestaron ni un ápice de chovinismo nacionalista. Conservaron su sangre fría en medio del más furioso delirio provocado por las victorias, y exigieron que se concertase con la «República Francesa una paz justa y sin anexiones»; ni siquiera el estado de sitio pudo reducirles al silencio. Ni el entusiasmo por la gloria militar ni las chácharas sobre la «magnificencia del Imperio alemán» hallaron eco entre ellos; su único objetivo era la emancipación de todo el proletariado europeo. Se puede afirmar con todo fundamento que en ningún país los obreros han sufrido una prueba tan difícil y han salido de ella tan airosos.

Al estado de sitio del período bélico siguieron los procesos por delitos de alta traición, de lesa majestad y de ofensas a los funcionarios y las persecuciones policíacas cada vez mayores de los tiempos de paz. Por lo menos tres o cuatro miembros de la redacción del “Volksstaat” [17] se hallaban habitualmente al mismo tiempo en la cárcel; lo mismo les ocurría a los demás periódicos. Cualquier orador del partido, que fuese algo conocido, debía comparecer ante los tribunales por lo menos una vez al año, y casi siempre era condenado. Llovían los destierros, las confiscaciones y las disoluciones de asambleas. Pero todo era en vano. Cada persona detenida o desterrada era sustituida inmediatamente por otra; por cada asamblea disuelta se convocaban otras dos; la firmeza y el estricto cumplimiento de las leyes iban agotando la arbitrariedad policíaca. Todas las persecuciones producían un efecto contrario: lejos de romper o siquiera doblar al partido obrero, no hicieron más que proporcionarle nuevos afiliados y fortalecer su organización. En su lucha, lo mismo contra las autoridades que contra burgueses aislados, los obreros dieron pruebas en todas partes de su superioridad intelectual y moral, y demostraron, sobre todo en sus choques con los llamados «patronos», que ellos, los obreros, eran ahora unas personas cultas, y los capitalistas, unos ignorantes. Al propio tiempo, en la mayoría de los casos luchan con un profundo sentido del humor, prueba de que tienen confianza en su causa y conciencia de su superioridad. La lucha así llevada, sobre un terreno preparado por la historia, debe producir grandes resultados. El éxito logrado en las elecciones de enero constituye un caso sin precedentes en la historia del movimiento obrero moderno [18], y se comprende perfectamente el asombro que ha provocado en toda Europa.

Los obreros alemanes tienen dos ventajas esenciales sobre los obreros del resto de Europa. La primera es la que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado en sí ese sentido teórico, casi completamente perdido por las clases llamadas «cultas» de Alemania. Sin la filosofía alemana que le ha precedido, sobre todo sin la filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido. De haber carecido los obreros de sentido teórico, este socialismo científico nunca hubiera sido, en la medida que lo es hoy, carne de su carne y sangre de su sangre. Y lo inmenso de esta ventaja lo demuestra, por una parte, la indiferencia por toda teoría, que es una de las causas principales de que el movimiento obrero inglés avance tan lentamente, a pesar de la excelente organización de algunos oficios, y, por otra, lo demuestran el desconcierto y la confusión sembrados por el proudhonismo, en su forma primitiva, entre los franceses y los belgas, y, en la forma caricaturesca que le ha dado Bakunin, entre los españoles y los italianos.

La segunda ventaja consiste en que los alemanes han sido casi los últimos en incorporarse al movimiento obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás olvidará que se sostiene sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen –tres pensadores que, a pesar del carácter fantástico y de todo el utopismo de sus doctrinas, pertenecen a las mentes más grandes de todos los tiempos, habiéndose anticipado genialmente a una infinidad de verdades, cuya exactitud estamos demostrando ahora de un modo científico–, así también el movimiento obrero práctico alemán nunca debe olvidar que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y francés, que ha tenido la posibilidad de sacar simplemente partida de su experiencia costosa, de evitar en el presente los errores que entonces no había sido posible evitar en la mayoría de los casos. ¿Dónde estaríamos ahora sin el precedente de las tradeuniones inglesas y de la lucha política de los obreros franceses, sin ese impulso colosal que ha dado particularmente la Comuna de París?

Hay que hacer justicia a los obreros alemanes por haber aprovechado con rara inteligencia las ventajas de su situación. Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en sus tres direcciones concertadas y relacionadas entre sí: teórica, política y económico-práctica (resistencia a los capitalistas). En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Esta situación ventajosa, por una parte, y, por otra, las peculiaridades insulares del movimiento inglés y la represión violenta del francés hacen que los obreros alemanes se encuentren ahora a la cabeza de la lucha proletaria. No es posible pronosticar cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupar este puesto de honor. Pero, mientras lo sigan ocupando, es de esperar que cumplirán como es debido las obligaciones que les impone. Para esto, tendrán que redoblar sus esfuerzos en todos los aspectos de la lucha y de la agitación. Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie. La conciencia así lograda y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos. Aunque los votos reunidos en enero por los socialistas representen ya un ejército hastante considerable, aún se hallan lejos de constituir la mayoría de la clase obrera alemana; y por muy alentadores que sean los éxitos logrados por la propaganda entre la población rural, aquí precisamente es donde aún queda infinitamente mucho por hacer. No hay, pues, que cejar en la lucha; es preciso ir arrebatando al enemigo ciudad tras ciudad y distrito electoral tras distrito electoral. Pero, es preciso ante todo mantener el verdadero espíritu internacional, que no admite ningún chovinismo patriótico y que acoge con alegría todo progreso del movimiento proletario, cualquiera que sea la nación donde se produzca.  Si los obreros alemanes siguen avanzando de este modo, no es que marcharán al frente del movimiento –y no le conviene al movimiento que los obreros de una nación cualquiera marchen al frente del mismo–, sino que ocuparán un puesto de honor en la línea de combate; y estarán bien pertrechados para ello si, de pronto, duras pruebas o grandes acontecimientos reclaman de ellos mayor valor, mayor decisión y energía.

Federico Engels
Londres, 1 de julio de 1874
Friedrich Engels: “Der Deutsche Bauernkrieg”, Leipzig, 1875.

Notas

[*] C. Marx. “Las luchas de clases en Francia” (véase la presente edición [Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscú], t. I, págs. 209-306). (N. de la Edit.)

[**] Véase la presente edición [Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscú], t. 1, págs. 408-498. (N. de la Edit.)

[***] F. Engels. “La guerra campesina en Alemania”. (N. de la Edit.)

[****] Baviera, Baden, Würtemberg. (N. de la Edit.)

[*****] Hannover, Hessen-Kassel, Nassau. (N. de la Edit.)

[******] Hannover, Hessen-Kassel, Nassau. (N. de la Edit.)

[*******] Véase el presente tomo [Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu, t. 1], págs. 369-370 (N. de la Edit.)

[********] Siempre adelante, sin apresurarse. (N. de la Edit.)

[*********] Véase el presente tomo [Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu, t. 1], págs. 167-175. (N. de la Edit.)

[1] “Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue” («Nueva Gaceta del Rin. Revista de política y economía»), órgano teórico de la Liga de los Comunistas, fundado por Marx y Engels. Se publicó en diciembre de 1849 a noviembre de 1850. Vieron la luz seis números de la revista.

[2] El libro de Zimmermann “Allgemeine Geschichte des grosen Bauernkrieges” («Historia general de la gran guerra campesina») se publicó en Stuttgart en 1841-1843, en tres partes.

[3] Trátase del ala izquierda extrema de la Asamblea Nacional de Alemania que se reunía en Francfort del Meno durante la revolución de 1848-1849; representaba preferentemente los intereses de la pequeña burguesía, pero contaba con el apoyo de una parte de los obreros alemanes. La misión principal de la Asamblea era acabar con el fraccionamiento político del país y elaborar una constitución para toda Alemania. Pero, en virtud de la pusilanimidad y las vacilaciones de la mayoría liberal, la Asamblea no se atrevió a tomar en sus manos el poder supremo del país y no supo adoptar una actitud resuelta en los problemas fundamentales de la revolución alemana. El 30 de mayo de 1849, la Asamblea tuvo que trasladar su sede a Stuttgart. El 18 de junio de 1849 fue disuelta por las tropas.- 167

[4] Después de la derrota en la guerra austro-prusiana de 1866, al recrudecer la crisis del multinacional Estado de Austria, las clases gobernantes del país pactaron con los terratenientes de Hungría y firmaron en 1867 un acuerdo de formación de la doble monarquía de Austria-Hungría.

[5] Los nacional-liberales constituían el partido de la burguesía alemana fundado en el otoño de 1866. Se planteaban como objetivo fundamental agrupar los Estados alemanes bajo la supremacía de Prusia; su política reflejaba la capitulación de la burguesía liberal alemana ante Bismarck.

[6] El Partido Popular Alemán surgió en 1865 y constaba de elementos democráticos de la pequeña burguesía y, en parte, de la burguesía, principalmente de los Estados del Sur de Alemania. El partido se oponía al establecimiento de la hegemonía de Prusia en Alemania y defendía el plan de la llamada «Gran Alemania», en la que debían entrar tanto Prusia como Austria. Al preconizar la idea del Estado alemán federal, el partido estaba en contra de la unificación de Alemania como república democrática centralizada.

[7] A mediados de los años 60 del siglo XIX, en Prusia, se estableció, para varias ramas de la industria, un sistema de permisos especiales (concesiones), sin los cuales nadie podía dedicarse a actividades industriales. Esta legislación industrial semimedieval suponía una traba para el desarrollo del capitalismo.

[8] La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.

[9] La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.

[10] Trátase del Congreso de la Internacional celebrado en Basilea del 6 al 11 de septiembre de 1869. El 10 de septiembre se adoptó en él la siguiente resolución sobre la propiedad de la tierra, propuesta por los partidarios de Marx:

«1) La sociedad tiene el derecho a suprimir la propiedad privada sobre la tierra y convertir ésta en propiedad social.

2) Es preciso suprimir la propiedad privada sobre la tierra y convertir ésta en propiedad social».

En el Congreso fueron igualmente adoptados acuerdos de unificación de los sindicatos a escala nacional e internacional, así como varios acuerdos para reforzar la Internacional en materia de organización y para ampliar los poderes del Consejo General.

[11] La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.

[12] El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional». 

[13] Al hablar del «Sacro Imperio alemán de la nación prusiana», Engels parafrasea el nombre del medieval Sacro Imperio Romano germánico (véase la nota 136), subrayando que la unificación de Alemania se produjo bajo la supremacía de Prusia, acompañada de la prusificación de las tierras alemanas.

[14] La Confederación de Alemania del Norte, encabezada por Prusia, comprendía 19 Estados y 3 ciudades libres de Alemania del Norte y Central. Fue constituida en 1867 a propuesta de Bismarck. La formación de la Confederación significó una de las etapas decisivas de la reunificación de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. En enero de 1871, la Confederación dejó de existir debido a la constitución del Imperio alemán.

[15] Se alude a la inclusión de Bavaria, Baden, Würtemberg y Hesse-Darmstadt, en 1870, en la Confederación de la Alemania del Norte.

[16] El 6 de agosto de 1870, las tropas prusianas derrotaron, en la batalla de Spickeren (Lorena), a las unidades francesas. En las publicaciones históricas, esta batalla se llama también batalla de Forbach.

En la batalla de Mars-la-Tour (llamada también batalla de Vionville), las tropas alemanas consiguieron el 16 de agosto de 1870 detener el Ejército francés del Rin, que se retiraba de la ciudad de Metz, y cortarle así el camino de repliegue.

[17]  “Der Volksstaat” («El Estado del pueblo»), órgano central del Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania (los eisenachianos), se publicó en Leipzig del 2 de octubre de 1869 al 29 de setiembre de 1876. La dirección general corría a cargo de G. Liebknecht, y el director de la editorial era A. Bebel. Marx y Engels colaboraban en el periódico, prestándole constante ayuda en la redacción del mismo. Hasta 1869, el periódico salía bajo el título “Demokratisches Wochenblatt” (véase la nota 94 [en Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu, t. 1]).

Trátase del artículo de J. Dietzgen “Carlos Marx. «El Capital. Crítica de la Economía política»”, Hamburgo, 1867, publicado en “Demokratisches Wochenblatt”, núms. 31, 34, 35 y 36 del año 1868.

[18]  En las elecciones del 10 de enero de 1874 al Reichstag, los socialdemócratas alemanes consiguieron que se eligiera a 9 diputados suyos, entre los cuales figuraban Bebel y Liebknecht, que a la sazón se hallaban en la cárcel.

También el pueblo alemán tiene su tradición revolucionaria. Hubo un tiempo en el que Alemania producía hombres que se pueden comparar con los mejores revolucionarios de otros países, en el que el pueblo alemán mostraba una perseverancia y energía que en una nación centralizada hubieran dado los resultados más grandiosos. Entonces los campesinos y plebeyos alemanes acariciaban proyectos que tantas veces causaron espanto a sus descendientes.

Frente al cansancio momentáneo que casi en todas partes se manifiesta al cabo de dos años de lucha es oportuno presentar de nuevo al pueblo alemán las figuras recias, fuertes y tenaces de la gran guerra campesina.

Transcurrieron tres siglos y han cambiado muchas cosas; sin embargo la guerra de los campesinos no se halla tan lejos de nuestras luchas actuales y muchas veces tenemos que combatir a los mismos adversarios de entonces. Las propias clases y fracciones de clases que traicionaron el movimiento de 1848 y 1849 son las que encontramos como traidoras en 1525 aunque en una etapa inferior de su desarrollo y si en el movimiento de los últimos años el vandalismo vigoroso de la guerra campesina no se manifestó más que en algunos sitios del Odenwald, de la Selva Negra y de Silesia, no es precisamente patrimonio de la insurrección moderna.